
Publicamos por su interés el artículo del historiador R. de Mattei sobre el combate de civilizaciones que se libra actualmente, entre la civilización occidental cristiana y el comunismo en sus múltiples metamorfosis contemporáneas que pretende su destrucción.
Comunismo y anticomunismo en una hora decisiva de la historia
Las horas decisivas de la historia, aquellas en las que las civilizaciones se derrumban y renacen, siempre se caracterizan por divisiones y polarizaciones de orden religioso, cultural y social. Sin embargo, para quienes tienen como referencia la obra De civitate Dei de San Agustín, la raíz y la clave para interpretar cualquier problema es la teología de la historia, que permite ir más allá de una lectura puramente contingente de los acontecimientos. Desde esta perspectiva, las crisis no son simplemente el producto de factores económicos o institucionales, sino el reflejo de una tensión más profunda entre diferentes visiones del hombre y del mundo.
Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, Occidente proclamó la muerte del comunismo como si se tratara de un acontecimiento fisiológico y definitivo. El anticomunismo se disolvió rápidamente, mientras que el comunismo se hundía, como un río kárstico que desaparece de la vista para resurgir más adelante con mayor vigor.
En este contexto, en 1990, por iniciativa de Fidel Castro e Ignacio Lula da Silva, nació en Brasil el Foro de São Paulo: un organismo subversivo concebido para analizar la «crisis del socialismo» tras la caída del Muro de Berlín y para reorganizar la izquierda internacional sobre una nueva plataforma ideológica. Fidel Castro reconoció en el coronel Hugo Chávez Frías, presidente de Venezuela desde 2000, a un auténtico «hijo espiritual», capaz de encarnar una nueva síntesis entre marxismo, nacionalismo y mito revolucionario. Chávez se presentó como el depositario del espíritu de Simón Bolívar, reinterpretando la utopía del libertador en clave socialista y antiimperialista.
El bolivarismo se convirtió así en una religión civil, basada en el culto carismático al líder, la hostilidad hacia Estados Unidos y la promesa de una redención social confiada al Estado revolucionario. El legado de Chávez fue recogido tras su muerte, en 2013, por Nicolás Maduro, quien radicalizó sus aspectos ideológicos, transformando Venezuela en un laboratorio de socialismo posmoderno, sostenido por una feroz represión interna y una manipulación sistemática de la información y los resultados electorales.
En esos mismos años, en Rusia, los cuadros del KGB, que habían gestionado la disolución de la Unión Soviética, mantenían el control de los centros neurálgicos del poder político, militar y económico del país. Vladimir Putin, presidente de la Federación desde 2000, relanzó el mito de la «Gran Rusia», proponiendo una nueva síntesis entre el estalinismo y el pasado zarista, recuperado como símbolo de la misión imperial. La invasión de Ucrania, en febrero de 2022, ha formado parte de este proyecto que apunta no sólo a la conquista del Donbás, sino a la rusificación de todo el país, para convertirlo en un Estado vasallo como Bielorrusia.
En China, el Partido Comunista pilotó la transición hacia un neocomunismo pragmático, que combinaba un férreo control político con la apertura económica al mercado occidental. La entrada en la OMC en 2001 selló esta estrategia: el comunismo renunciaba a la autarquía económica, pero no al monopolio ideológico y represivo del poder. Xi Jinping, secretario general del Partido Comunista y presidente de la República Popular China, se presenta a sí mismo como un coherente realizador de los principios del maoísmo y el marxismo-leninismo.
Paralelamente, en los inicios del 2000, apareció en la escena internacional el marxismo islámico. Este adoptó, en el plano operativo, las técnicas terroristas del leninismo y, en el cultural, las estrategias de Gramsci, buscando desestabilizar internamente Occidente antes incluso de su conquista militar. El llamado radicalismo islámico representa una contaminación de la «filosofía del Corán» con la praxis revolucionaria marxista importada de Occidente. La inmigración masiva sigue siendo una de las armas privilegiadas de esta estrategia, que en Italia ha tenido una de sus expresiones más recientes y llamativas en las violentas manifestaciones callejeras contra Israel.
¿Cómo se puede negar la difusión mundial de los errores del comunismo tras la desaparición de la Unión Soviética? La fuerza del neocomunismo, en sus más variadas expresiones, ya no reside en la promesa de un futuro radiante garantizado por las leyes de la historia, sino en la capacidad de interpretar y explotar las crisis de un Occidente a la búsqueda de su identidad.
En esta perspectiva, dos concepciones del mundo se enfrentan hoy de manera cada vez más clara, configurando una verdadera alternativa de civilización. Por un lado, están aquellos que consideran que el comunismo es un fenómeno archivado por la historia e identifican como enemigo por excelencia de nuestro tiempo a los Estados Unidos de América, encarnación de un Occidente considerado intrínsecamente depravado y causa de todos los males. Para ellos, los «amigos» ya no se definen en función de principios comunes de verdad o moralidad, sino exclusivamente en función de su oposición a Estados Unidos y Europa. Así, toda la simpatía y la admiración se dirigen hacia un frente heterogéneo pero convergente, que incluye a Rusia, China, el mundo islámico radical, los hipernacionalismos de derecha e izquierda y los movimientos antioccidentales de todas las latitudes. Cualquier fuerza que contribuya a debilitar a Occidente es absuelta o justificada, independientemente de su naturaleza totalitaria o abiertamente anticristiana.
Del otro lado, están aquellos que creen en la posibilidad de un renacimiento cristiano de Europa y Occidente. No niegan la profunda crisis moral de las sociedades occidentales, pero rechazan la idea de que la salida consista en su destrucción o en su sometimiento a potencias hostiles. Desde esta perspectiva, Estados Unidos se considera una presencia históricamente necesaria para garantizar el espacio político, cultural y militar en el que el renacimiento sigue siendo posible. Para los defensores de Occidente, el principal enemigo de la civilización cristiana sigue siendo el comunismo, en sus múltiples metamorfosis contemporáneas. Un comunismo que ya no se presenta con los símbolos explícitos del siglo XX, sino que actúa como método de disolución cultural, como técnica de conquista del poder y como negación sistemática de todo orden natural y trascendente.
Contra esta fuerza proteiforme se está librando una guerra híbrida, en la que se enfrentan, por un lado, Estados Unidos y Europa, con todas sus limitaciones, y, por otro, un eje en el que confluyen quienes luchan contra el orden occidental. En esta agresiva galaxia, junto a Rusia y China, se encuentra desde hace muchos años la Venezuela de Nicolás Maduro. Es a la luz de este panorama que se explica la radical divergencia de opiniones sobre la intervención de Estados Unidos destinada a golpear a la cúpula del poder venezolano. Unos la han criticado duramente, denunciándola como una violación del derecho internacional e interpretando toda iniciativa estadounidense exclusivamente como una expresión de imperialismo; otros, en cambio, se han alegrado por la eliminación de un personaje que, además de arruinar su propio país, reduciéndolo al hambre y al exilio masivo, ha utilizado todas las armas, incluido el narcotráfico, para destruir el orden natural y cristiano de las dos Américas.
Esta polarización entre dos familias de almas no es un fenómeno secundario y está destinada a acentuarse con el agravamiento de la guerra híbrida en curso, porque afecta al nivel más profundo del juicio histórico y moral. En última instancia, la línea divisoria pasa por la adhesión o el rechazo de una teología de la historia. Por un lado, están los que interpretan los acontecimientos según categorías exclusivamente inmanentistas, reduciendo todo a relaciones de fuerza, intereses económicos y dinámicas geopolíticas. Por otro, están los que leen la crisis de nuestro tiempo a la luz de una visión sobrenatural de la historia, conscientes de que detrás de los conflictos visibles se libra una verdadera batalla religiosa. Y es aquí donde siguen resonando, con toda su fuerza, las palabras de la profecía aún inconclusa de Fátima: «Rusia difundirá sus errores por el mundo… Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará».