
El 8 de mayo de 2025 fue elegido Papa por los cardenales reunidos en cónclave el cardenal estadounidense Robert Prevost Martínez, de 69 años, religioso agustino, con sólida formación en ciencias exactas, filosófica y teológica, con una larga experiencia como misionero en Perú y en la dirección general de la Orden Agustina.
El nuevo Papa, con el nombre de León XIV, presenta cierta discontinuidad en las formas y el discurso con el anterior pontífice, mientras sostiene la plena continuidad en cuestiones doctrinales. Esto implica que se mantiene la incertidumbre sobre el futuro y la unidad de la Iglesia, que se halla en un momento crucial tras un controvertido pontificado, que fue muy aclamado por el mundo, al que se le atribuye haber fomentado graves errores doctrinales y confusión moral, lo que produjo una grave fractura en la unidad interna.
Es un hecho que León XIV asume la teología liberal de Francisco I y su legado doctrinal. Este legado lo resumen teólogos católicos en textos fundamentales: «Amoris lætitia» y «Fiducia supplicans» para la moral del matrimonio (Al introdujo cambios en ella y ha causado el efecto de redefinición de la familia en la conciencia común y en consonancia con la cultura social imperante; y Fs incorpora en la iglesia por vía de bendiciones la homosexualidad y la relación de parejas irregulares); y «Traditionis custodes» para la liturgia tradicional en una línea restrictiva. A estos textos se añade el documento de Abu Dhabi sobre el indiferentismo religioso, las encíclicas ambientalistas y el proceso sinodal. El papa León destaca por el compromiso ambientalista y llama a la «conversión verde», transformando en construcción teológica la actual teoría ambientalista, rechazada por gran parte de científicos e impregnada de neomaltusianismo y gnosticismo, que constituye hoy una de las ideologías centrales de la Agenda globalista 2030.
No obstante, la línea que aparece como fundamental del pontificado de León XIV es su voluntad afirmada de proseguir con la instauración de una «iglesia sinodal», considerada una auténtica sustitución de la Iglesia Católica, según el proceso marcado por Francisco I que culminará en 2028. El cardenal Gerhard Müller, Prefecto emérito de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha advertido que «el proceso sinodal representa un intento de remodelar la Iglesia Católica según ideales seculares y democráticos, y un medio para socavar la estructura jerárquico-sacramental de la Iglesia y reemplazarla por una pirámide invertida de gobierno» (prólogo en El caballo de Troya en la Iglesia católica, del “Padre Enoch”, seudónimo de un sacerdote que mantiene el anonimato «debido al riesgo de represión”). Señala el historiador italiano Roberto de Mattei, como el igualitarismo marxista de una sociedad sin clases ha evolucionado y se ha convertido en una protesta radical contra todo orden, autoridad y diferencia, tanto natural como social; y hoy asistimos a una trasposición de esta ideología al ámbito eclesiástico, de modo que el igualitarismo político está siendo absorbido por la nueva religión progresista. En la concepción sinodal se está reinterpretando la Iglesia como una comunidad de iguales en alianza, en lugar de como una institución jerárquica de fundamento divino; la autoridad eclesial se entiende como un mandato que surge del diálogo y consenso de la comunidad de fieles, reunida en una asamblea permanente y deliberativa.
León XIV se ha hecho cargo de una Iglesia en crisis y en un contexto de destrucción de la Civilización Occidental y sus raíces cristianas, devastada por ideologías materialistas destructivas del hombre y la sociedad. Un contexto marcado también por el avance de la población musulmana y la asimilación de su cultura en Europa. León se presenta como «enteramente al servicio del anuncio de la fe en Cristo» en un mundo en el que ésta amenaza con extinguirse, con los resultados dramáticos que conlleva; y en el que quiere, que una Iglesia unida sea fermento de reconciliación y faro de salvación. Pero la unidad real, dicen teólogos, cómo Claude Barthe, exige retornar a un magisterio de autoridad, distinguiendo en nombre de Cristo lo verdadero de lo falso en todas las cuestiones de doctrina y moral del controvertido legado bergogliano, es decir, reafirmar la verdad y la doctrina de la Iglesia.
La crisis de la Iglesia que incluye la institución del papado –y se inscribe en la mencionada situación actual de autodestrucción de Occidente–, tiene una gran repercusión en el mundo dado el reconocimiento que se otorga a la Iglesia Católica y al Papa como la más alta autoridad moral en él. Expresión de esto es la asistencia a la Misa de inicio de pontificado de León XIV, el 18 de mayo de 2025, de jefes de estado y de gobierno y otras delegaciones de 156 países, así como representantes de todas las religiones.
En el contexto descrito, es de gran importancia evaluar las líneas ya iniciadas del pontificado del nuevo Papa, León XIV, pontífice 267 de la Iglesia Católica. Este blog está comprometido con la regeneración de la Civilización Occidental – la restauración de los principios y valores cristianos que la cimentaron –, y tratamos los análisis de su problemática y observamos los movimientos de reconquista cultural para recuperar su identidad. Es por tanto, en el propio marco del blog que nos hacemos eco del artículo de un filósofo y profesor universitario de Alemania, que escribe bajo el seudónimo de “Vigilius”, del que publicamos un amplio extracto, que analiza los rasgos del pontificado desde el punto de vista teológico y en relación a la crisis de la Iglesia.
Un intento de evaluación teológica inicial del pontificado de León XIV
Por Vigilius
Tras la elección de Robert Prevost como Papa, casi todo el sector conservador se mostró entusiasmado, pero ahora la oposición al Papa resurge (tras la que hubo con Francisco I). Esto se debe a decisiones de León XIV, pero también a declaraciones contenidas en el libro-entrevista publicado, «León XIV: ciudadano del mundo y misionero del siglo XXI». Precisamente esta entrevista, ha avivado aún más el ya encendido debate en torno a las cualidades de León. En el contexto de esta apasionada controversia sobre el nuevo Papa, quisiera ofrecer algunas observaciones sobre el actual pontificado.
El ejercicio de la responsabilidad del cargo asumido
1. Como siempre ocurre en estos casos, ya hay voces que piden un trato indulgente hacia León, basándose en el argumento de la contingencia. Creo que no debemos permitir que surjan este tipo de consideraciones. Cuando alguien asume un cargo de dirección importante voluntariamente, asume toda la plena responsabilidad personal del correcto desempeño de dicho cargo. No hay excusas: ni una infancia difícil, ni una educación deficiente, ni una socialización en un entorno intelectualmente desfavorable, ni malos asesores y redactores de discursos, ni falta de conocimiento de los acontecimientos, ni, como dice Wanderer, «las feministas que lo rodean» (aquí y aquí). Si carece de las cualificaciones necesarias para desempeñar correctamente el cargo que se le ofrece, el candidato debe rechazarlo; si lo acepta, es plenamente responsable. En el caso anterior, el Papa debería separarse de las feministas que lo rodean y buscar colaboradores adecuados. Al fin y al cabo, él tiene la plenitudo potestatis. La prefecta del Dicasterio para los Institutos de la Vida Consagrada, la monja Brambilla, aún no sustituida y que incluso ha recibido refuerzos femeninos por parte de León, y los desastrosos obispos que nombra en serie, salvo contadas excepciones, son responsabilidad suya, y es irrelevante que esto se iniciase en la era Bergoglio. Los nombramientos llevan la firma de León, son su decisión. Muchos católicos de las desafortunadas diócesis tendrán que soportar durante mucho tiempo el peso de estos actos. También es irrelevante, en el caso de los textos que aparecen bajo su nombre, si su predecesor pidió que otro Papa los publicara.
Asimismo, la procesión del ‘Orgullo gay’ del 6 de septiembre de 2025 en la Basílica de San Pedro, concebida desde el principio como un desfile triunfal del movimiento y recibido como tal en todo el mundo, recae sobre su responsabilidad, ya que después de todo, se trata de su basílica. Quien ostenta el magisterio supremo de la Iglesia y posee el poder absoluto que le ha sido conferido para su recto ejercicio, debe estar a la altura de esta función, de lo contrario debe dimitir. La retórica psicológica de la comprensión no tiene cabida en este contexto.

Procesión del ‘Orgullo gay’ en la Basílica de San Pedro, 6-09-2025.
El papa León y las ideologías neomarxistas
2. Se ha expresado la opinión de que León XIV no es teólogo. Con ello se quiere decir que, aunque Prevost estudió teología en un instituto de formación liberal y se centró principalmente en el derecho canónico, no es un teólogo tan erudito e independiente como, por ejemplo, Joseph Ratzinger. En mi opinión, el problema fundamental radica sobre todo en que Prevost no es una mente filosófica. Esto se refiere, en primer lugar, a la agudeza y la capacidad de pensar de forma coherente. Y, en segundo lugar, al hecho de que todos los problemas materiales a los que nos enfrentamos son, en última instancia, de naturaleza filosófica. La Iglesia necesita hoy más que nunca eclesiásticos capaces de comprender las complejas interrelaciones intelectuales, sobre todo del discurso moderno, que nos afecta enormemente. Hay que haber recorrido los escarpados e incómodos paisajes del racionalismo y la filosofía de la Ilustración, del idealismo alemán, la filosofía atea de Nietzsche y la filosofía del siglo XX, profundamente marcada por él, incluyendo el pensamiento ontológico de Martin Heidegger y el deconstructivismo francés, para poder siquiera vislumbrar una idea de los abismales y complejos problemas que también afectan en lo más profundo a la Iglesia moderna. Y, en cualquier caso, yo no consigo reconocer este enfoque conceptual en los pronunciamientos del papa León hasta la fecha.
En la práctica, depende mucho de una comprensión correcta y suficientemente diferenciada de los problemas planteados por la conciencia moderna. Esto es especialmente evidente en las cuestiones de las minorías y el género. El neomarxismo postestalinista, a través de autores destacados como Antonio Gramsci, Herbert Marcuse y Jean-Paul Sartre, desarrolló ya en la década de 1930 el plan de encontrar nuevos sujetos revolucionarios con los que superar la sociedad burguesa, en lugar del proletariado que creían podía ser comprado por el capital. Mientras que se identifica como sujetos revolucionarios postproletarios a las minorías sociales, como homosexuales, personas transgénero, personas de color, mujeres lesbianas, las mujeres en general, pero también los nativos de las antiguas colonias, los inmigrantes, etc., el principio revolucionario más eficaz ya no es el gulag, sino la moral. Es decir, los nuevos sujetos revolucionarios son sistemáticamente retratados como grupos de víctimas que sufren el patriarcado burgués-capitalista y, a la inversa, los miembros de la sociedad mayoritaria blanca y heteronormativa como un grupo de causantes moralmente reprobables.
Gracias a su programa de «marcha a través de las instituciones», formulado principalmente por Gramsci y que, de hecho, ha tenido un gran éxito, el neomarxismo ha logrado crear un superyó colectivo que ha paralizado en gran medida a las sociedades burguesas. Especialmente en los círculos académicos, las instituciones que sustentan la sociedad han sido estigmatizadas en la conciencia burguesa como inhumanas, intolerantes y despiadadas en el ejercicio del poder. Esto tiene efectos devastadores para la estabilidad social y política. Los catalizadores más importantes de la formación moral neomarxista son las guarderías, las escuelas, las universidades y las iglesias.
Por supuesto, ninguna de las variantes del marxismo se preocupa realmente por los individuos y las minorías. Cuando los individuos o los grupos se vuelven disfuncionales para el proyecto de destrucción de las sociedades burguesas, simplemente son descartados y sustituidos por nuevos sujetos revolucionarios. Actualmente, vemos cómo la izquierda radical sacrifica de facto al grupo de los homosexuales, al que durante tanto tiempo ha cortejado, porque le parece más útil la alianza con los musulmanes para destruir Occidente (alianza descrita por Noam Petri y Franziska Sittig en La autodestrucción intelectual: cómo Occidente se está jugando su propio futuro, Hannover 2025). En general, se puede estar seguro de que, con el dominio político de la izquierda, volverán también los gulags.
El papa León ha realizado una declaración a favor del matrimonio y la familia, pero en realidad la contradice con su comentario, aparentemente inofensivo, sobre la agenda LGBTQ+, una agenda que una parte considerable del clero sentimental y poco perspicaz ha hecho suya desde hace tiempo. En la entrevista, León afirma que «por el momento no tiene ningún plan» al respecto. Sin embargo, nunca podría decir eso si comprendiera el contenido filosófico que se transmite en esta agenda, supuestamente humanitaria. Porque me parece poco probable que él mismo aceptara estas posiciones. Pero con esto vuelvo a mi primer punto. Como Papa, Prevost tiene la obligación de continuar la lucha de sus predecesores de la primera mitad del siglo XX contra las grandes ideologías colectivistas e interpretar la ideología LGBTQ+ como lo que es: el antiguo proyecto revolucionario subversivo del materialismo marxista con un nuevo ropaje. Sin embargo, me temo que León fracasará aquí, de modo comprensible pero inexcusable. Es de suponer que, al igual que su difunto amigo y mecenas, sucumbirá a la tentación bajo la apariencia del bien y otorgará a esta agenda fundamentalmente anticristiana la ofrenda superior de la asistencia cristiana que se da a los que sufren y son perseguidos.
El papa León asume la mutabilidad de las normas morales y las de la ordenación
3. La cuestión LGBTQ+ conduce directamente a los pronunciamientos papales sobre la mutabilidad de las normas morales y las de ordenación de la Iglesia. Más concretamente, se trata, por un lado, de la declaración de León sobre las diaconisas: «Por el momento, no tengo intención de cambiar la doctrina de la Iglesia sobre este tema»; y, por otro, en lo que respecta a la homosexualidad, de la frase: «Me parece muy improbable, al menos en un futuro próximo, que cambie la doctrina de la Iglesia sobre la sexualidad y el matrimonio». Los comentaristas han señalado, con intención tranquilizadora, que estas declaraciones no implican que el Papa prediga que estas doctrinas vayan a cambiar realmente en algún momento, ni que él mismo tenga intención de cambiarlas jamás.
Sin embargo, estos análisis solo son válidos a primera vista. Porque la clave de estas declaraciones es que considera posible, en principio, el cambio de las creencias vigentes hasta ahora. Por lo tanto, las posiciones vigentes, que se presentan con la pretensión incondicional de la verdad (y sólo como tales son proposiciones de fe), ya no se consideran como tales, sino simplemente como posiciones cuya validez depende de factores contingentes, como razones de oportunidad diplomática. La claridad del juicio de Prevost se refiere, en estos casos, únicamente a la valoración de su posición histórica; simplemente, en este momento, su cambio es poco probable. Si León, como dice Wanderer, «cree en verdades inmutables», estas cuestiones no forman parte de ellas. Esto significa, sin embargo, que, en cuanto al contenido sustancial de las afirmaciones, que a primera vista parecen inofensivas, que, desde el punto de vista de la teoría de la verdad, estas posiciones ya se han liquidado para el papa Prevost, aunque probablemente él no lo exponga con claridad reflexiva. Solo crea la apariencia de constancia. Por lo tanto, también puede decirse que esas declaraciones, bajo la apariencia de lo contrario, llevan a cabo el cambio de las posiciones en cuestión. Prevost ya no cree que sean ciertas, por lo que piensa, tertium non datur, que las mujeres pueden ser ordenadas diaconisas y que los actos homosexuales pueden ser moralmente legítimos, al menos en ciertas condiciones.
La mayoría de las personas no comprenden las implicaciones lógicas de ambas posiciones. Con la apertura del diaconado sacramental a las mujeres, se destruye el principio teológico de que sólo los varones, debido a la naturaleza no contingente de Jesucristo como hombre, pueden representar sacramentalmente al Sumo Sacerdote y hacer presente su sacrificio, a partir del cual se definen todos los niveles del orden sacramental y al que están esencialmente relacionados. Y de una manera análoga, pero intrínsecamente relacionada, la legitimación de los actos homosexuales modifica también todo el cosmos teológico, es decir, no sólo la estructura teológica moral y, en este caso, tampoco sólo la estructura ética sexual. En torno al eje de la dualidad de sexos, en el que se implica la cuestión del matrimonio y la comprensión de la sexualidad, gira en cierto modo todo el sistema dogmático hasta llegar al topos eclesiológico de la correspondencia entre Cristo y María, en el que se representa la esencia de la Iglesia y del ministerio sacerdotal. No se trata aquí de cuestiones individuales separables que se puedan cambiar sin que cambie el conjunto. Precisamente en aras de la honestidad intelectual debemos dejar esto bien claro, y no conformarnos con la información teológicamente irrelevante de que las declaraciones del Papa no constituyen un anuncio de que vaya a formular de manera positiva y dotado de fuerza jurídica práctica lo que considera posible, es decir, verdadero.
Otra observación relacionada con la cuestión de la ordenación sacerdotal. En la entrevista, León se compromete expresamente a continuar la línea de su predecesor, no sólo en lo que respecta a la integración de los laicos en los procesos sinodales, sino también en la práctica de nombrar a laicos para ocupar cargos de liderazgo en la Iglesia. Por lo tanto, el Papa tiene la intención de continuar con la estrategia bergogliana de separación del ministerio sacerdotal y la competencia directiva, estrategia emprendida, entre otras cosas, por la cuestión de las mujeres, y ello, como deja claro la ya mencionada monja Brambilla, también en ámbitos relevantes desde el punto de vista pastoral y doctrinal.

Este anuncio de León me parece especialmente inquietante, ya que tiene una importancia capital para la Iglesia. El ejercicio del liderazgo por parte de los laicos socava la definición teológica del ministerio sacramental, incluyendo su autoridad para gobernar en la Iglesia, y conducirá cada vez más a que la conciencia sacramental se debilite por completo debido a la posición singular del sacerdote en la Iglesia. La Iglesia vive exclusivamente de la actualización del sacrificio de Cristo en la Misa, y desde el altar deben definirse todas las funciones eclesiásticas, como ya he señalado anteriormente en relación con el diaconado femenino. El sacerdote es el auténtico líder y maestro de la comunidad, porque es el Sacerdos, la representación sacramental del Sumo Sacerdote eterno que se sacrifica a sí mismo y que, como tal, es Rey y Maestro. El proyecto bergogliano-prevostiano de empoderamiento de los laicos rompe esta sutil estructura de correspondencias del cosmos sacramental católico y contribuye de modo considerable a la autoprotestantización de la Iglesia.
La lógica esencial del Corpus Christi Mysticum no reconoce a los laicos en puestos relevantes de liderazgo en lo pastoral y magisterial. La temprana afirmación de Joseph Ratzinger, de que la separación entre el poder de ordenación y el poder de liderazgo es «absolutamente inadmisible», es totalmente digna de aprobación. Pues, según Ratzinger, con esta separación de poderes, «uno se ve relegado a lo mágico y el otro a lo profano: el sacramento se entiende sólo como un ritual y no como una misión para dirigir la Iglesia a través de la palabra y la liturgia; por el contrario, el liderazgo se considera una mera cuestión político-administrativa» (Joseph Ratzinger, ¿Democratización en la Iglesia?, en: Joseph Ratzinger/Hans Maier, La democracia en la Iglesia, Limburgo 1970). Con un examen detenido, nos encontramos con la desagradable conclusión de que el papa Prevost, ataviado con muceta y suaviter in modo, está muy ocupado, al igual que su predecesor, en malvender la vajilla de plata familiar.
El rasgo distintivo del cristianismo y el diálogo interreligioso
4. El papa León declara explícitamente su fe en Jesucristo. Se dice que el Cardenal Burke, en su reciente encuentro con el Papa le elogió por predicar de forma cristocéntrica. Tras los últimos años, casi se pasa por alto el carácter extraño de tales afirmaciones, que elogian a un Papa por haber hablado de Cristo de forma destacada en un discurso. Esto me recuerda la divertida novela de Luigi Malerba, Las máscaras desnudas, en la que los cardenales romanos, enfrentados, eligen como sucesor de León X a alguien que ni siquiera estaba presente en el cónclave y ahora se encuentran muy nerviosos ante la inminente llegada del nuevo Papa, ya que este hombre tiene fama de creer en Dios.
En su obra Temor y temblor, Søren Kierkegaard afirma con acierto que siempre había tenido el valor de «pensar un pensamiento hasta el final». El venerado filósofo sabe muy bien por qué este punto es tan importante. Porque sólo cuando un pensamiento se piensa por completo, es decir, con todas sus implicaciones y consecuencias lógicas, se piensa realmente. Y sólo entonces se vuelve fructífero. De lo contrario, se hunde en la insignificancia de simple impresión. Esto también se aplica a la confesión de Jesús como el Cristo. Y también en este punto hay que constatar, lamentablemente, que el papa León parece carecer, al menos, de la voluntad de reconocer y poner de relieve las implicaciones que conlleva esta confesión. Esta inconsistencia ya se hace evidente en la cuestión clave mencionada, pero adquiere una gran urgencia también en lo que respecta al llamado «diálogo interreligioso».
Viendo el saludo de León a los participantes en el encuentro interreligioso en Bangladesh (septiembre de 2025), me siento consternado y profundamente hastiado de este tedioso asunto. Se trata, una vez más, de la misma retórica bergogliana con los mismos gravísimos errores teológicos de «Nostra Aetate» —el documento más escandaloso del último Concilio—, de «Fratelli Tutti», el Sínodo de la Amazonía, el documento de Abu Dabi y los discursos en el sudeste asiático. A pesar de la retórica, que lleva décadas ofendiendo el sentido estético del lenguaje, esta prosa conciliar transmite contenidos muy controvertidos: según el discurso de León, por naturaleza siempre somos «una sola familia», «hermanos y hermanas» y todos «hijos de Dios».

«Conferencia sobre el diálogo interreligioso y la armonía», celebrada en Bangladés del 6 al 12 de septiembre de 2025.
Por eso, según León, que hace referencia explícita a Francisco, se debe tratar de «una cultura de armonía entre hermanos y hermanas» que no debe dejarse turbar por quienes alimentan «la mala hierba del prejuicio», «siembran la desconfianza», «alimentan el miedo» y consideran «las diferencias como barreras» y no como «fuentes de enriquecimiento mutuo». Estos perturbadores de la armonía solo pueden ser aquellos que insisten obstinadamente en cuestiones dogmáticas de la verdad. Los «indietristas» de Bergoglio han vuelto.
Todos esos lemas y tesis de León son tan criticables como los pronunciamientos pertinentes de Jorge Bergoglio, en los que se inspiran en gran medida. Porque la confesión de Jesús como el Cristo, el Único, la Verdad en Persona y el único Salvador del mundo —es decir, la confesión del principio «extra Christum nulla salus est» (fuera de Cristo no hay salvación)— es la barrera crucial entre las confesiones, incluidas las de las religiones monoteístas. El conflicto que Cristo trae, el fuego que quiere arrojar sobre la tierra, precisamente se refiere al conflicto en torno a él mismo, y este conflicto es lo que llevó al Señor a la cruz. Y como «extra Christum nulla salus» es esencialmente idéntico a «extra ecclesiam nulla salus» (fuera de la Iglesia no hay salvación), el conflicto cristológico fundamental es simultáneamente el conflicto sobre el concepto de la Iglesia como Corpus Christi Mysticum. Sólo en Cristo, es decir, sólo en la comunión sobrenatural de los cristianos con Cristo en el Espíritu Santo, estamos unidos como Dios quiere que lo estén las personas, y por eso, en la Sagrada Escritura y en la Tradición dogmática los términos «hijos de Dios» y «hermanos y hermanas» están reservados a quienes por la fe y los sacramentos, están incorporados a Cristo y forman la Iglesia de Cristo.
Para ilustrar la relevancia de esta relación, conviene considerar también el discurso de León en la conferencia «Generando esperanza para la justicia climática» (octubre 2025). Los documentos de referencia centrales de León son ahora «Laudato Si» y «Laudate Deum» de Bergoglio. No me preocupa que el título de la conferencia adopte acríticamente el término neomarxista de «justicia climática», ni que León, al asumir también sin crítica alguna el tópico del cambio climático provocado por el hombre, se adentre peligrosamente en un terreno en el que la Iglesia no tiene ninguna experiencia específica. Mucho más significativo es que León identifique el proyecto de la «ecología integral» y la escucha del famoso «clamor de la tierra», en cuyo contexto vuelve a recurrir al discurso de «una familia con un solo Padre», con el propio mensaje cristiano. León afirma explícitamente que la «conversión ecológica» «no difiere de la conversión que dirige a los creyentes hacia el Dios vivo».

León XIV bendice un bloque de hielo durante la conferencia «Generando esperanza para la justicia climática» en la conmemoración del 10ª aniversario de la encíclica Laudato Si, Castel Gandolfo 1-10-2025.
¿Cuál es el verdadero problema aquí? El problema no es que León identifique las cuestiones ecológicas como problemas morales y se pronuncie al respecto de forma destacada. Y, por supuesto, las máximas de la ley moral natural también se aplican a los católicos, y ningún cristiano sensato dudará de que debemos esforzarnos por «preservar la creación» y tratar a todos los seres vivos del mejor modo posible. El problema radica más bien en que León no parece comprender que algo puede formar parte constitutiva de la fe cristiana, es decir, de la fe católica, sin ser específicamente católico. Sin embargo, esta diferenciación es de vital importancia. Las cuestiones morales son en gran medida dominio de la razón filosófica, y la teología cristiana no tiene una autoridad especial en el tratamiento de la gran mayoría de los temas morales. Nada menos que Tomás de Aquino lo pone de relieve. La ética del Nuevo Testamento es categóricamente diferente de la ética filosófica, no hay que confundirlas. Así, la llamada a seguir la cruz o lo que la teología moral clásica ha denominado «obras de superabundancia», que se hacen evidentes en santos tan grandes como Maximiliano Kolbe, no se pueden generalizar filosóficamente. Lo que Maximiliano Kolbe hizo en el campo de concentración, dar su vida para salvar al hombre casado, no se puede exigir moralmente a todos; su acto surgió de la fe sobrenatural en Jesucristo y del deseo de asemejarse al Señor.
Con esto queda esbozado lo específico revelado por León de forma insensata. Pues lo específico constituye precisamente la esencia de algo. Si quiero entender algo, no debo preguntarme en primer lugar qué tiene en común con todo lo demás sin distinción, sino cuál es su propium, su rasgo distintivo. Lo propio de la fe cristiana es Jesucristo y nuestra conversión a esta Persona, que es la segunda Persona encarnada de la Divinidad. Precisamente con esta llamada a la conversión inicia el Nuevo Testamento la aparición del Mesías: Convertíos y creed en el Evangelio, porque el Reino de Dios está cerca, en Cristo mismo. Pero cuando León identifica este propium con la «ecología integral» y la «conversión ecológica», disuelve el núcleo del mensaje cristiano en meras generalidades. Los cristianos, en esencia, solo hablan entonces de lo que todos los demás ya hablan, lo que no significa otra cosa que perder su identidad con su rasgo distintivo. Precisamente en eso consistió el horror del pontificado de Bergoglio.
Sin embargo, Bergoglio fue más consecuente que Prevost. Nunca habló de Cristo como lo hace León en otros pasajes. Para el papa Bergoglio, y de manera precisa, Jesús era simplemente el Jesús humanitario y socialista del «todos, todos, todos», es decir, aquel cuyo programa era idéntico al proyecto natural de «fraternidad universal» y «ecología integral». Según la declaración explícita de Bergoglio, este proyecto es supuestamente el verdadero propósito de Dios: la realización de la Tierra Prometida (por ejemplo, en su Mensaje para la Cuaresma 2024: “A través del desierto Dios nos conduce a la libertad”). Y ahora León hace suya esta retórica de forma enfática, y al hacerlo, probablemente sin reflexionar, se traiciona a él mismo. Las dos líneas de argumentaciones de León son lógicamente irreconciliables.
Debido a su relevancia identitaria, me gustaría detenerme un poco más en esta cuestión y, al mismo tiempo, mostrar por qué la disolución de lo específico no sólo significa la ruina de la Iglesia, sino que, también, quizá contrariamente a lo que podría parecer a primera vista, también causa el mayor daño al mundo mismo. Porque, ¿de qué habla el proprium christianum? En términos negativos: ¿qué pasa por alto el discurso indiscriminado, que se ha vuelto inflacionario en la propia Iglesia, sobre los «hermanos y hermanas» y la identidad de la conversión ecológica y cristiana, de la fraternidad natural universal y la Tierra Prometida?
Este discurso oculta fundamentalmente la verdad antropológica central de que la naturaleza del ser humano está esencialmente orientada hacia lo sobrenatural. Esta orientación es lo que convierte al ser humano en una persona espiritual y le confiere su dignidad especial. Olvidado de su orientación interior hacia la gratia Christi, el homo naturalis, sigo aquí los análisis del filósofo Max Scheler, no sería más que un «animal ingenioso». Esta dignidad es al mismo tiempo la verdadera necesidad del ser humano, ya que para la realización de su propia naturaleza depende de la gracia gratuita de Dios, que Dios le concede en Cristo y que lo eleva infinitamente por encima del ámbito de esta naturaleza y lo asemeja a Dios. Esto es lo que significa el «corazón inquieto» de Agustín, que solo encuentra la paz en Dios. Y el anhelado ser-en-Dios es ser-en-Cristo: «Nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14, 6).
Lo que tanto León como Bergoglio omiten es, por tanto, la esfera cristológica decisiva para el ser humano, específicamente como ser humano. Porque sólo en la gracia de Cristo y a través de la incorporación al Corpus Christi Mysticum alcanza el hombre esa «plenitud» a la que siempre ha estado destinado: desde el principio, el Padre decidió «reunir en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra», para así «llevar a cabo la plenitud de los tiempos» (Ef 1, 10). Fuera de Cristo, el mundo es simplemente lo que Pablo describe: «Por él lo he abandonado todo y lo considero basura, para ganar a Cristo» (Fil 3, 8).

El papa Francisco I y el cardenal Robert Prevost en 2023.
Por eso debe quedar claro para el Papa que, en lo que respecta a las otras religiones y a la supuesta «familia humana», evitar los conflictos y «la paz como nuestro sueño más anhelado» no puede ser lo más importante. El sueño más anhelado debe centrarse en la victoria de la verdad de Cristo, con la que sólo existe la verdadera humanidad del hombre y, por lo tanto, la paz auténtica. Quien, como el papa León en el libro de entrevistas, dice de sí mismo: «Creo firmemente en Jesucristo, y esa es mi prioridad, como Obispo de Roma y sucesor de Pedro, y el Papa debe ayudar a las personas a comprender, especialmente a los cristianos, a los católicos, que esa es precisamente nuestra esencia», no debería formular saludos interreligiosos como los que hace, ni identificar el mensaje de la fe con la esfera meramente natural de la moral.
Más bien, el Papa, por el bien de la salvación humana, debe hacer precisamente lo que el propio León afirma: enseñar que el hombre sólo es auténtico en la gracia de Cristo. Por eso, sólo la segunda Persona encarnada de la Trinidad es el verdadero hombre, y nosotros mismos nos convertimos en verdaderos hombres en la medida en que nos unimos a Cristo. El Papa debe ser consecuente y decir que, excepto en Jesucristo, «en ningún otro se halla la salvación. Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en el que podamos ser salvos» (Hch 4, 12). Por eso, «todos los que están en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra, doblen sus rodillas ante el nombre de Jesús» (Flp 2, 10).
Toda la teología liberal, que Bergoglio llevó al extremo, conduce precisamente a esta autonegación del mensaje cristiano descrita anteriormente. En este punto, solo puedo volver a destacar la enorme urgencia de esta cuestión. De ella depende la identidad de la fe cristiana; el cristiano ya no puede hablar de una «naturalidad» que se aleje de Cristo. Cristo no se preocupa por nada menos que esta naturalidad. Se preocupa más bien por nuestra integración en la vida divina interior, a través de la cual glorifica al Padre. O estamos en Cristo y, por tanto, en su cuerpo místico, o estamos totalmente perdidos. Es significativo que la retórica leonina de los discursos citados haya sido acogida con entusiasmo por el obispo Bätzing, que ha abandonado por completo la fe sobrenatural, en su sermón inaugural de la Asamblea Plenaria de otoño de los Obispos alemanes. La confesión de fe en Cristo de Robert Francis Prevost es de poca ayuda para los fieles, si sus declaraciones papales siguen cayendo una y otra vez en ese pantano teológico que fue el hábitat recurrente de su predecesor.
Publicación original: Einsprüche