
Cisjordania, incendios provocados por colonos judíos en 2026.
La gente sigue muriendo en Gaza ante la indiferencia generalizada de la comunidad internacional y Cisjordania avanza inexorablemente hacia la anexión israelí.
La guerra entre Israel y EE.UU. contra Irán, con sus efectos económicos mundiales por su impacto en el precio del petróleo, ha relegado casi completamente el seguimiento de la situación en Gaza tras la firma de alto el fuego el pasado 13 de octubre de 2025.
La realidad mortal de Gaza ante la indiferencia del mundo.
Sin embargo, la tragedia en la Franja de Gaza continúa, pues a pesar de que se declaró oficialmente el alto el fuego éste no es efectivo y lo que se vive allí es, en realidad, una asfixia lenta. Los cruces fronterizos permanecen prácticamente cerrados, la ayuda llega a cuentagotas y todo lo necesario para sobrevivir —alimentos, agua y medicinas— escasea. Como ha denunciado el Patriarca de Jerusalén, el cardenal Pierbattista Pizzaballa: «La gente muere por falta de atención médica, escasez de antibióticos y medicamentos esenciales». Es una condena que pesa como una losa, porque describe una realidad menos visible pero igualmente devastadora: la de una población que sigue muriendo lejos de las explosiones, sin tratamiento ni asistencia. Gaza es un paciente terminal al que Israel está dispuesto a desconectar.
En Gaza, barrios enteros han sido completamente destruidos. Han quedado arrasados. Donde antes se alzaban casas, escuelas y negocios, ahora solo quedan montones de escombros. Casi todas las familias han perdido sus hogares y viven en alojamientos improvisados, incluyendo tiendas de campaña y refugios precarios. La vida cotidiana se ha reducido a la mera supervivencia: conseguir comida, agua potable y un lugar donde pasar la noche es una lucha constante. Las precarias condiciones de saneamiento e higiene agravan aún más la situación. «La gente», denuncia el Patriarca, «vive literalmente entre alcantarillas abiertas», una situación que pone de manifiesto la extrema gravedad de la emergencia. Y las epidemias representan una amenaza diaria.

La Franja de Gaza en 2026.
En una situación tan inhumana, cruel y despiadada, las enfermedades se propagan sin control. En los campamentos superpoblados, las infecciones intestinales, respiratorias y cutáneas afectan principalmente a los más vulnerables. Pero aún no se ha declarado pandemia. Es una tragedia continua e ignorada. La inhumanidad convierte las enfermedades en arma silenciosa. Los hospitales están colapsados. Carecen de medicamentos, equipos y combustible. Los médicos trabajan sin descanso, a menudo en condiciones imposibles, en una situación donde la emergencia es ya un sistema. Un sistema consolidado que, lenta e inexorablemente conducirá a una crisis humanitaria sin precedentes. La gestión de la crisis por parte de la comunidad internacional muestra marcadas disparidades.
Mientras en Palestina ciertas acciones se toleran, situaciones similares en Ucrania, se rechazan. Es una señal clara que alimenta la ira y la frustración sobre el terreno. En Gaza, crece la percepción de que sus ciudadanos son considerados inferiores a otros, en los distintos contextos. Hay una generalizada sensación de abandono, lo que hace aún más urgente una intervención real y concreta. La destrucción de un pueblo está en marcha, lenta pero inexorablemente.
El asedio de Cisjordania.
En Gaza la devastación es casi total y la situación es de emergencia permanente, pero también en Cisjordania la vida cotidiana se torna cada vez más incierta y difícil. La violencia no es episódica: es estructural, diaria y generalizada. Las ciudades palestinas en Cisjordania están asediadas por una densa red de puestos de control, más de mil, y todas las carreteras están patrulladas. Desplazarse de un lugar a otro puede llevar horas, entre puestos de control, cierres repentinos y restricciones arbitrarias. El territorio está fragmentado, dividido en zonas con distintos niveles de control, lo que dificulta la comunicación y el desplazamiento entre las diferentes zonas.
Los ataques y represalias de los colonos están adquiriendo un carácter cada vez más punitivo. Se trata de ataques selectivos, represalias colectivas y asaltos a aldeas: una estrategia que ataca hogares, tierras de cultivo y medios de subsistencia. Se incendian campos, se arrancan olivos y se obliga a las familias a abandonar sus hogares. La violencia suele seguir una lógica de presión: intimidación, forzar la huida y hacer imposible la vida cotidiana. Una escalada que convierte a aldeas enteras en objetivos.
Ahora ya está claro que la expansión colonial forma parte de una estrategia de anexión de Cisjordania del gobierno de Benjamin Netanyahu e implica la desprotección de los palestinos ante la violencia. A esto se suman las frecuentes redadas militares, a menudo nocturnas. Detenciones, registros y operaciones en zonas residenciales: una presencia constante que alimenta la tensión y la inseguridad. El resultado es una vida cotidiana precaria: empleo inestable, acceso limitado a los servicios y libertad de movimiento restringida. Afecta a todos los aspectos de la vida civil, erosiona progresivamente los derechos, la seguridad y las perspectivas de futuro. La violencia en Gaza y Cisjordania sigue sin cesar.
Mientras tanto, la emergencia se agrava, pues cuando una situación crítica no es atendida empeora. La falta de atención reduce la presión internacional, ralentiza las intervenciones y permite un deterioro silencioso. Hoy, Gaza y Cisjordania son lugares sin futuro, donde la injusticia, la opresión y el abuso se perpetúan ante la mirada indiferente del mundo.
La anexión colonial de Cisjordania, momento oportuno y apremiante.
El gobierno de Benjamin Netanyahu ha autorizado un número récord de asentamientos. Los colonos se apropian de las tierras de los palestinos con la complicidad del ejército. De este modo Israel aparece ante un hecho consumado y elimina la posibilidad de un Estado palestino.
El gobierno israelí, ha aprobado la construcción de treinta y cuatro nuevos asentamientos, elevando a ciento tres el total autorizado por la actual coalición gobernante. Una cifra sin precedentes, se trata del mayor elemento de expansión colonial desde la ocupación de 1967.
Y no es casualidad que se produzca ahora. Israel considera que el momento es oportuno, con el mundo distraído en otros escenarios, y cuando despierte descubrirá que ya no hay nada que negociar, a pesar de que muchos gobiernos europeos comienzan a mostrar signos de irritación. Algunos países ya han suspendido o limitado contratos militares con Israel. La crítica internacional va en aumento. Pero, por ahora, estas acciones siguen siendo simbólicas.
El momento es apremiante para Netanyahu. La guerra contra Irán, que esperaba lo consagraría como el líder capaz de «reconfigurar Oriente Medio», no produce el triunfo previsto. No se ha logrado la caída de la República Islámica, que mantiene su estructura estatal y continúa ejerciendo influencia estratégica en la región, desde el estrecho de Ormuz hasta el Levante. En el frente libanés, Israel tampoco ha logrado la victoria prometida, Hezbolá, que según la propaganda israelí debería haber sido aniquilado, sigue rearmándose y representa una fuerza militar y política decisiva en el sur del Líbano. El alto el fuego se percibe como una interrupción forzada.
Así pues, Netanyahu busca en otro lugar donde dejar un legado irreversible, es Cisjordania. Aprovechando la atención mediática internacional en la guerra con Irán y la protección política garantizada por EE.UU, trata de transformar la ocupación en una anexión permanente. Ya no se trata de ocupar temporalmente el territorio a la espera de negociaciones. Dichas negociaciones han quedado en el olvido. Hoy, Israel construye carreteras, puestos de avanzada, zonas militares, barrios coloniales y corredores estratégicos, como si Cisjordania ya fuera parte integrante del Estado israelí.
Y el momento es apremiante pues Israel celebrará elecciones este año. Las encuestas muestran que se debilita el bloque liderado por Netanyahu y sus aliados ultranacionalistas, entre ellos Bezalel Smotrich e Itamar Ben-Gvir. Estos partidos temen que esta sea una de las últimas oportunidades políticas favorables para imponer cambios irreversibles sin graves consecuencias internacionales. Con el apoyo de EE.UU., Israel goza de una libertad de acción extraordinaria, pues sigue brindando cobertura diplomática, apoyo militar y protección en foros internacionales. Pero nadie en Jerusalén puede estar seguro de que este clima perdure.
El plan de asentamientos, el poder de los colonos israelíes.
El nuevo plan de asentamientos apunta deliberadamente a zonas estratégicas de Cisjordania, incluyendo partes del Área B, que desde los Acuerdos de Oslo de 1993 fueron definidas como territorios de administración conjunta israelí-palestina. Esto representa una erosión de lo poco que queda de la autonomía palestina treinta años después del «proceso de paz». Los Acuerdos dividieron Cisjordania en tres sectores: la Zona A, de control palestino; la Zona B, de administración compartida; y la Zona C, de control israelí total. En teoría, era una transición hacia un Estado palestino. En realidad, es un territorio fragmentado. Hoy, la Zona A se ha reducido a enclaves urbanos aislados por puestos de control, carreteras militares y asentamientos israelíes. La Zona C, que representa más del 60% de Cisjordania, es objeto de la agenda expansionista de Israel.
Los nuevos asentamientos sirven precisamente para romper definitivamente la continuidad territorial palestina, aislar ciudades y pueblos, e imposibilitar cualquier soberanía real futura. En otras palabras: crear un Estado palestino solo en el papel, sin continuidad territorial, sin control fronterizo, sin libertad de movimiento. Para millones de palestinos, Cisjordania se ha convertido en un laberinto de barreras, incursiones nocturnas y violencia de los colonos. Pueblos enteros viven bajo asedio permanente. Las carreteras se cierran repentinamente. Más de mil puestos de control paralizan la circulación. Los ataques del ejército israelí son cotidianos.
Y junto a los militares, los colonos armados operan sin ser molestados. Ya no son grupos marginales. Ya no son extremistas aislados. Hoy, los colonos representan una fuerza política central dentro de la actual coalición gobernante. Muchos de ellos operan bajo la protección del ejército o con considerable impunidad. La semana pasada, un palestino de 23 años fue asesinado por colonos armados cerca de Deir Jarir, al este de Ramala. Pocos días después, otro hombre murió durante una incursión israelí en Tubas. Desde el 7 de octubre de 2023, al menos mil palestinos han muerto en Cisjordania debido a las operaciones militares israelíes y los ataques de los colonos. Mil muertes en un territorio que ni siquiera es el principal escenario de la guerra.
La estrategia de Netanyahu, la debilidad palestina, el plan histórico de anexión.
Netanyahu, responsable político de los hechos del 7 de octubre de 2023, el fracaso de seguridad más grave en la historia de Israel, ha buscado desde entonces una victoria capaz de reescribir la narrativa: contra Hamás, contra Hezbolá, contra Irán, pero ninguna de estas guerras ha producido el resultado definitivo prometido al pueblo israelí.
Cisjordania se convierte así en el lugar donde lograr al menos una histórica victoria interna mediante su anexión. No formalizada por ley, pero implementada sobre el terreno y contando con un liderazgo palestino débil y fragmentado. La Autoridad Nacional Palestina está desacreditada, carece de poder real y es incapaz de influir en los acontecimientos. Gaza está devastada por la guerra. El sistema político palestino está dividido.
En este contexto, la nueva ofensiva colonial forma parte de un plan histórico preciso. El objetivo es eliminar toda posibilidad de la solución de dos Estados. La geografía política de Palestina se está redefiniendo mientras el mundo observa indiferente. Pero cuando las cámaras dejen de grabar los bombardeos entre Israel e Irán, cuando terminen las cumbres internacionales y la diplomacia vuelva a hablar de «paz», puede que sea demasiado tarde.
Publicación original: LaNuovaBQ